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OPINION La agricultura y los árboles viejos

OPINION La agricultura y los árboles viejos

El cierre definitivo de la planta de IANSA en Linares generó un foco de incertidumbre para las más de 4 mil personas que, por décadas, han dependido económicamente de la fábrica azucarera.

Si en algún momento el gobierno mostró cierta voluntad de evitar el cese de funciones de la planta, finalmente fue el presidente el que zanjó el tema con demasiado pragmatismo y total ausencia de empatía.

“Para que nazca un árbol nuevo, tiene que morir un árbol viejo” dijo, revelando de paso una manifiesta falta de sensibilidad ante los problemas sociales que el cierre trae consigo.

IANSA lleva más de 15 años enfrentando una competencia desigual con el mercado internacional sin ningún tipo de protección.

Los agricultores afectados relevan un tema de fondo: Sostienen que “la competencia internacional hace daño porque no hay ninguna política de gobierno que proteja a la agricultura nacional”.

Resulta inevitable establecer una cierta similitud con el reclamo de los productores de leche y de carne de Osorno, quienes en reiteradas oportunidades han dejado de manifiesto la necesidad de contar con una política agrícola, idealmente de carácter regional, que fomente la producción local y la proteja de las grandes transnacionales que establecen y manejan los precios a su conveniencia.

Reiteradamente, y por diferentes vías, se ha solicitado la implementación de salvaguardias para proteger la producción local de leche y queso. Hasta ahora no ha habido respuestas.

Siempre he defendido la idea de contar con políticas diferenciadas que atiendan a la realidad regional. Hoy el triste ejemplo de los agricultores de Linares nos vuelve a dar la razón.

Este no es un tema del actual gobierno o del anterior, es un asunto de Estado que no puede seguir siendo dilatado.

No queremos que la crisis de Linares se repita, por razones similares, en las regiones del sur de Chile.

El estado chileno debe proteger a los productores nacionales, especialmente a aquellos que generan empleo, producen riqueza para el país, mejoran la calidad de vida de la población y protegen el medio ambiente.

En la medida en que no existan políticas agrícolas serias y de largo plazo que otorguen certeza, confianza y recursos -y con ello vitalidad- a la agricultura nacional, los productores nacionales -sean de remolacha, carne, leche o trigo- siempre deberán convivir con el riesgo y la incertidumbre de convertirse, a ojos del gobierno, en un “árbol viejo que debe morir”.

Nuestra agricultura no merece ese tipo de maltrato.

 

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